sábado 15 agosto 2026

Sauce Montrull: la tierra donde la leche marcaba el pulso de la vida

Rescatar la memoria tambera significa conocer el último tambo en pie y las voces de quienes recuerdan cuando la leche marcaba la vida rural de una población que hoy se transforma hacia la cultura citadina.

El ritual de un trabajo que comenzaba en las madrugadas. El vapor del aliento de las vacas se mezclaba con la escarcha, mientras las manos curtidas de las mujeres extraían, una y otra vez, el alimento que sostenía a toda una comunidad. El sonido metálico de los tarros y el crujir de los carros rumbo a Paraná eran la música cotidiana de un pueblo que vivía al ritmo del tambo.

En los años 60, la franja central de Entre Ríos —junto con Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires— integraba el corazón productivo del país. Durante décadas, los campos de Sauce Montrull, a pocos kilómetros de la capital provincial, fueron sinónimo de leche. Allí, casi todos los predios se dedicaban al tambo.

Las escenas de esos primeros tiempos eran agrestes: ordeños al aire libre, vacas del rodeo general, instalaciones precarias y mujeres al frente de la tarea diaria. Los hombres, mientras tanto, se ocupaban de la labranza, la siembra de alfalfa y la confección de parvas y fardos para enfrentar sequías e inviernos crudos.

El transporte de la leche, desde este paraje hacia la ciudad de Paraná, dio origen a un nuevo oficio: los fleteros. Primero con carros de dos o cuatro ruedas, luego con camiones, nombres como los hermanos Paulini, Epifanio Martínez o Cipriano Lell quedaron grabados en la memoria de la cadena lechera. Los corrales de Almafuerte y Zanni eran punto de encuentro: allí descansaban caballos y carreros, entre pan casero, torta asada y alguna ginebra para acompañar las madrugadas heladas.

La demanda crecía y con ella las trampas: algunos repartidores “estiraban” la leche con agua, y el imaginario popular inventaba historias de sapos dentro de los tachos para mantenerla fresca.

La modernización llegó con fuerza: praderas permanentes, silaje, alambrado eléctrico, inseminación artificial. En 1963, el Decreto Ley 6640 obligó a mejorar la calidad higiénico-sanitaria y en 1965 nació la Cooperativa Tambera Paraná (Cotapa), símbolo del asociativismo y motor de la transformación.

Los tambos familiares dieron paso a empresas, capacitaciones del INTA y nuevas tecnologías de frío. Pero el cambio de siglo trajo otra revolución: la soja. Con precios altos y menor esfuerzo. Esto marcó el desplazamiento de la lechería, que se mantiene hasta la actualidad.

Edgardo Churruarín Montrull es veterinario, prácticamente retirado de la profesión, nacido en Paraná y criado en el campo materno ubicado en Sauce Montrull. Su historia familiar y profesional motivó su interés por rescatar la memoria y algunos de los protagonistas que siguen vinculados a una producción que inexorablemente hacia la tecnificación y concentración.

Contó: “Mi padre tenía un tambo y realmente siempre me gustaron mucho los animales y en un episodio que estuve tratando de salvar una vaca y se me murió, me creó el desafío de estudiar veterinaria y bueno ya pasaron los 50 años dedicados a la profesión”.

 

-¿Cómo era la lechería esos tiempos?

-Parte del campo de mis abuelos lo compró Bernardino Horne, que fue ministro de Agricultura de Frondizi (presidente de la nación entre 1958 y 1962), se dedicó a producir leche y también junto a su hermano Benjamín tenían otro tambo. Por el lado de la ruta 18, había otro muy grande, el de los Annichini”.

Cuando Churruarín habla de tambos grandes se refiere a producciones diarias de unos 500 litros.

“Y luego había otro grupo de gente que vivía con esos pequeños tambos, sacaban 40, 50 litros diarios. Las rutinas de ordeño lo hacían mayoritariamente las mujeres, el hombre era el que estaba cuidando los animales, el que tenía que arar, el que sembraba y también hacía la parva, todo ese tipo de esfuerzos, que también participaba la mujer, pero la rutina de ordeño yo te diría que el 100% lo hacían las mujeres, inclusive en su momento, cuando ya estábamos en Cotapa (Cooperativa Tambera Paraná Ltda.), las mujeres venían y decían “vengo a cobrar mi sueldo”, era un poco el sueldo familiar y en la proveeduría que tenía se llevaban precisamente todas sus los alimentos para el mes”, recuerda el veterinario.

“Hay un antecedente bastante interesante, que el historiador Rubén Bourlot ha mencionado en una de sus publicaciones y destaca un hecho vinculado al asociativismo, en el año 56 se forma un grupo de tipo cooperativo para trabajar en conjunto, sobre todo el tema de maquinaria”.

 

-¿La actividad “tambera” era el principal movimiento productivo que había en la zona?

-Sí, digamos que la gente vivía con esos pequeños tambos, sacaban 40, 50 litros diarios. La mayoría de las rutinas de ordeño lo hacían la mayoría de las mujeres, el hombre era el que estaba cuidando los animales, el que tenía que arar, el que sembraba, el que hacía la parva, todo ese tipo de esfuerzos, que también participaba la mujer, pero la rutina de ordeño yo te diría que el 100% lo hacían las mujeres, inclusive en su momento, cuando ya estábamos en Cotapa, las mujeres venían y decían “vengo a cobrar mi sueldo”, era un poco el sueldo familiar y en la proveeduría que tenía se llevaban precisamente todas sus los alimentos para el mes”.

El centro de inseminación de La Picada “fue el primero de la provincia de Entre Ríos y todo un desafío”, destaca el experimentado veterinario. “Primero se empezó a inseminar con semen fresco, después se consiguió congelar con nitrógeno líquido y se hacía una “pastilla”, que se llamaba en ese momento, estaba a cargo de un famoso personaje de apellido “Perreta”, quien era el responsable de la inseminación. Tenía un muy buen servicio, había un vehículo afectado a la tarea, fue un paso muy adelante acá en la provincia de Entre Ríos”.

-¿Y qué se te dio en esta etapa de tu vida de rescatar estas historias?

-Hoy en Sauce Montrull hay un solo tambo, antes había un grupo de familias viviendo en este entorno agropecuario. Actualmente tenemos dos poblaciones y hay campo en el medio con soja o con trigo y ya casi no hay población rural”, reflexiona. Entonces es importante que los puebleros que han venido a visitarnos en forma permanente o en forma discontinua sepan sobre la producción láctea que había en esta zona, no hace tanto tiempo, porque estamos hablando de los años 60 o 70.

 

Los que siguen viviendo

“Soy nacido y criado acá en Saúl Montrúll, ya mis padres vivían acá, así que sí, toda la vida estuvimos acá”, cuenta con orgullo Omar José Paulini. Subrayó que “eran pequeños tambos, con cincuenta hectáreas de campo. En esos tiempos, en carro, se llevaba la leche hasta Paraná y se repartía casa por casa”.

Y sigue: «En mi caso particular, se me dio la posibilidad de transportar leche para Sancor. El primer viaje cargué siete tachos con la camioneta Fargo de mi padre. Había que llevarla hasta Crespo, La Agrícola Regional hacia la recepción de la leche y producían quesos.

“A fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, se empieza a hablar del cooperativismo, eran palabras nuevas. Así se forma Cotapa. Esto genera un gran impulso a la lechería, fundamentalmente a los tambos chicos”, recuerda Paulini.

 

El fletero de Cotapa

Julio Ramón Barcos llegó en el año 1958 a Sauce Montrull, vinieron con su familia desde Crucecitas séptima en el departamento Nogoyá. Comenzaron sembrando y criando animales, mientras su padre seguía como administrador de un establecimiento de la familia Gaggino en Nogoyá.

En aquellos años, había muchos tambos pequeños en la zona. “El más grande tenía 300 litros, otro 200, y al final apareció uno con 500 litros. Eso ya era enorme”, cuenta Julio. La mayoría, sin embargo, eran modestos, de 40 o 50 litros, y aun así alcanzaba para vivir. “Se vivía mejor que ahora porque no había tanta delicadeza”, afirma.

Su vida laboral se fue entrelazando con la leche. Primero como repartidor a domicilio, recorriendo la ciudad con caballo y carro, llevando tarritos de un litro o medio litro a cada cliente. “Yo recorrí entero hasta Plaza de Mayo. Tenía clientes desde la Escuela Hogar hasta calle 25 de junio al final”, recuerda. Las boletas se cobraban al día o a fin de mes, y no faltaban quienes pedían fiado.

Con el tiempo, Julio se sumó a Cotapa, repartiendo leche en sachet y luego transportando la producción de varios tambos. El gran salto llegó cuando pudo comprarse su primer camión, “gracias al consejo de Fontana (José María Fontana histórico fundador y primer presidente de la Cooperativa de Tamberos de Paraná (Cotapa), quien junto a un grupo de productores tamberos impulsó la creación de la cooperativa en la década de 1960), que lo animó a pedir un crédito. “Me decía: ¿por qué no tenés camión? Y yo le respondía que no podía comprar. Hasta que un día me decidí y la cooperativa me adelantó el dinero”, relata.

 

El último tambero

-¿Se puede decir que estamos visitando el último tambo que queda en Sauce Montrull?

“Eso es lo que dicen”, comenta Raúl Lell, mientras recorre con la mirada los corrales que aún resisten. Su padre inició la actividad en 1959, cuando la familia llegó a vivir a la zona. En aquel tiempo, cada casa alrededor era un tambo. Hoy, ampliando el mapa quedan unos pocos.

La desaparición de los tambos fue consecuencia de la economía cambiante y de los vaivenes del país. “Hasta los años 80 esto era todo tambo, todo animales. Hoy no quedó nada. La agricultura fue cubriendo el espacio y terminó con lo que era el tambo”, explica. Para él, el trabajo con las vacas es sacrificado, pero también apasionante: “Al que no le gusta le parece duro, pero para el que le gusta es lindo. Somos pocos los que seguimos”.

La leche de Sauce Montrull pasó por distintas fábricas: primero Cotapa, luego Sauque en el parque industrial, más tarde LW en Espinillo. Cada caída empresarial obligaba a buscar nuevos destinos. “Así, de una fábrica a otra, a medida que iban apareciendo problemas”, recuerda Raúl.

El barro, las lluvias y los precios bajos fueron parte de la rutina. “Cuando los volúmenes de litros no son adecuados, no te dan los números. Los últimos 30, 40 años los precios han sido un asco”, dice con crudeza. Aun así, hubo intentos de tecnificación: inseminación artificial, mejoras en instalaciones. En 2016, una tormenta destruyó el galpón y el tambo, y la familia debió reconstruir con lo poco que quedaba.

Hoy, Raúl sostiene la actividad mientras las fuerzas lo acompañen. “Hasta que me den las piernas”, afirma. Sus hijos han tomado otros caminos: la hija y su pareja se vincularon a otro tambo, el hijo buscó otra actividad. Él, en cambio, sigue aferrado a la tierra y a las vacas, con la vista puesta en la colonia Avellaneda y en los luceros que iluminan la noche de Sauce Montrull.

Su testimonio es el de una resistencia silenciosa: la memoria de un pueblo que alguna vez fue territorio de tambos y que hoy se resume en la persistencia de unos pocos hombres y mujeres que se niegan a soltar la tradición.

Nombres y apellidos vinculados a la lechería en la zona del Sauce: Rodolfo Pacher, José Paulini, Rogelio Restano, Raúl Churruarín, Epifanio Martínez y María Celia Küffer. Juan Marega, Maruca Martínez. Ojeda y Neli Valentinuz. Lell y Annichini

Amelio Bregant, Orlando Rial y Nelly Lódolo, Adelina Satler de Scrofine, Ermindo Cuatrín y Rosa De Angelis. Olifronio Espíndola y Marta Espíndola, «Cacho» Cuestas. Hnos. Medeot, Hnos. Godoy. Jerónimo Bregant. Pedro Todero, Carlos Patat, De la Guelfa, e

Hoy, Sauce Montrull ya no es cuenca lechera. Solo queda en pie el tambo de Raúl Lell. El resto son taperas, recuerdos de un tiempo en que la leche marcaba el pulso de la vida rural. El paisaje actual es el avance del poblado y algo del “desierto verde”: agricultura de escala que borró la trama humana de las chacras.

Miguel Eugenio Ruberto / Campo en Acción

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