El periodista Germán de los Santos y el fotógrafo Marcelo Manera, ambos del Diario La Nación, fueron enviados a Concordia para retratar a la ciudad que encabezó las estadísticas sobre pobreza recientemente publicadas por el INDEC.

 

Aquí, su mirada sobre la realidad de la «capital del Citrus»:

El guiso hierve a rabiar sobre una olla ennegrecida por el hollín de la leña. A los nueve hijos de Luis Valenzuela, de 40 años, los gana la ansiedad por la cena, mientras una fina llovizna cae en Concordia, la ciudad más pobre del país, según el último informe del Indec.

El agua transforma el piso de tierra de esa casilla de madera -construida con «cachetes» (los bordes del tronco) de eucaliptus- en un fango blando que está pegado en los pies de los niños.

Flavia Espada, la pareja de Valenzuela, que tiene en brazos a su hija Rocío, de ocho meses, estima que el guiso que será la cena -y que tiene carne, fideos y verduras- les costó 300 pesos.

Crédito Marcelo Manera»Hoy fui a trabajar a la cosecha de arándanos, que en esta época hay poco, y recolecté sólo seis bandejas, por lo que cobré 250 pesos», afirma Valenzuela, y admite con bronca que «no conviene ir a trabajar por esa plata». «Es una miseria y corremos el riesgo de que nos saquen la asignación universal», aporta Flavia, que percibe 9000 pesos por mes.

Esta familia del barrio Las Tablitas, donde las casas se construyen con sobras de la producción forestal, forma parte del 52,9 por ciento de la población de Concordia que es pobre, según datos del primer semestre de 2019 del Indec, que sitúa a esta ciudad, que en los años 60 se ganó el rótulo de la capital nacional del citrus, como el aglomerado más pobre del país.

No es la primera vez que las estadísticas cubren con una sombra a Concordia y la sitúan en la cima de la pobreza. En el primer semestre de 2004 ese índice alcanzó el 71,6 por ciento de la población, en momentos en que gobernaba Entre Ríos el peronista Jorge Busti, quien como el actual gobernador Gustavo Bordet, ocuparon la intendencia de Concordia, que es una especie de capital política de esta provincia.

A diferencia de lo que ocurre en Corrientes, que lideró el ranking de pobreza en el semestre anterior, con el Estado como principal empleador -con 64.812 empleados públicos en esa provincia-, al no ser capital de provincia, la mayoría del empleo en Concordia proviene del sector privado. «Hay ciudades donde la crisis golpea hasta la médula porque se basan en el empleo privado. En Concordia, donde todo empleo surge a partir del sector privado y casi no hay empleo púbico, cuando hay una crisis golpea muy duro y esto se siente en los sectores más vulnerables de la población, como pasa en todo el país», sostuvo Bordet ante una consulta.

«Concordia tiene una pobreza estructural sólida que no se logra quebrar desde hace años», admite Roberto Niez, quien fue candidato a intendente por Cambiemos y ocupa un organismo clave a nivel político en la zona, como es la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, que antes tenía un presupuesto similar al de la intendencia de Concordia.

Crédito Marcelo ManeraSobre la pobreza estructural de Concordia sobrevuelan varios mitos. El más antiguo es que en esta ciudad de más de 200.000 habitantes se comenzó a conformar un cordón de capas de pobreza luego de que se asentaran de forma permanente los obreros que participaron de la construcción de la represa de Salto Grande, que comenzó en 1974 y se terminó nueve años después. A ese argumento se pliega parte de la dirigencia peronista, incluido el propio gobernador. La razón de todos los males se originó con la construcción de la represa.

La otra explicación a la pobreza, más cercana en el tiempo y en un contexto palpable, es la consecuencia de la aguda crisis de las economías regionales, que golpeó con mayor rigor a esta ciudad, como ocurrió después del colapso de 2001, con un incremento también de la desocupación que en el primer trimestre de este año dio un salto brusco del 5 al 10,5%.

«Mis dos hijos salieron a las 5 de la mañana a cosechar arándanos y volvieron a las 17. Trajeron 500 pesos. Estas changas antes servían porque se sumaban al oficio de ellos, que es la albañilería, pero ahora la construcción está parada», señala Teresa Maidana, de 48 años, que vive en el barrio Busti, donde las zapatillas colgadas en algunas esquinas sugieren lo que teme esta mujer: «Es una lucha diaria convencerlos que no se metan en cosas raras como la droga».

La matriz productiva de esta zona está asentada en tres patas: el citrus, que está en franco retroceso al trasladarse hacia el norte de la Mesopotamia; las plantaciones de arándanos, que a mediados de los 90 se erigieron como una esperanza salvadora y ahora parece respirar de alivio tras la devaluación, y la producción forestal.

«Estos sectores productivos necesitan una mano de obra poco calificada y mal paga. Esto explica en parte la baja tasa de actividad que no supera el 40 por ciento», observa Osvaldo Bodean, director del portal El Entre Ríos, que se dedica desde hace años a ponerle rostro a esa pobreza. Como con la historia de Josefina López, una chica de 17 años de esa periferia pobre que fue asesinada en 2015 por su tío. «Es la miseria estúpido», la que asoma detrás de muchas Josefinas», escribió Bodean.

«De un kilo de naranjas que se cobra 30 pesos en una verdulería a nosotros nos pagan 3 pesos», grafica Rolando Kuhn, encargado de San Joaquín, una chacra de 15 hectáreas que está sobre el lago de la represa de Salto Grande, donde la inundación de 2016 provocó que una parte de los frutales se pudrieran. «La exportación está en retroceso porque se hicieron muchas cosas mal, y el mercado interno no puede absorber tanta cantidad de fruta de mesa», explica este hombre apasionado por el trabajo en el campo.

Juan Scordia, gerente de producción de la empresa Blueberries, que es la productora de arándanos más grande de la zona, pone el dedo en la llaga sobre otro mito que ronda por Concordia para explicar la pobreza. «Viene gente del norte a cosechar porque es cada vez más complicado conseguir buena mano de obra en la zona», asegura Scordia, y rechaza el mito sembrado por el poder político de que la producción de arándano deja poco en la región: «Por año el arándano paga 157.000.000 de pesos a trabajadores de la zona».

Para el intendente de Concordia, Enrique Cresto, que proviene de una familia con tradición en el peronismo local, el problema no es la falta de trabajo sino la pobreza. «El problema es el elevado costo de la canasta básica y acá donde teníamos solamente un 7% de desocupación hace dos años, hoy superamos el 10% porque las industrias hoy se están fundiendo y cerrando porque no pueden pagar el costo más grande que es la energía», dijo tras conocerse la estadística del Indec.

Los argumentos para explicar por qué una región que es poderosa a nivel productivo es la más pobre del país replican una especie de grieta entre la dirigencia política. El sacerdote Daniel Petellín, que está al frente de la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes desde hace cuatro años, rompe esa postura al señalar que Concordia es la ciudad más pobre del país porque «las políticas económicas y sociales fracasaron». «Es una vergüenza que nosotros tengamos que depender del FMI cuando la Argentina tiene una riqueza enorme», afirma.

La mirada de Petellín se posa en un cuadro en su oficina, que muestra a un grupo de mujeres negras, con bandejas en sus cabezas, alrededor de un pozo de agua. El dibujo es de Benín, ubicado al oeste de África, muy cerca del desierto del Sahara, donde Petellín trabajó en la construcción de pozos de agua entre 2002 y 2008. «En África no solo no había agua, sino que no había Estado, ni educación, ni salud, ni nada», contó el cura, que vuelve cada dos años a esa zona. «Acá tenemos todo, tierra fértil, agua dulce, que sobra y a veces causa problema; gente educada, capacitada, pero hay gente que vive en una pobreza extrema. Solo se entiende por el fracaso de las políticas», reconoce el cura.

Al comedor de la iglesia concurren 360 personas por día, y otros 40 jóvenes de un centro de día para adicciones también almuerzan. Al mediodía la fila de gente que va a buscar comida, con una cacerola en la mano, para llevarla a su casa tiene media cuadra. «La falta de ingresos y de trabajo está generando muchos problemas sociales, sobre todo vinculado a las adicciones», apunta Petellín.

Mario Báez se enfurece cuando le mencionan el problema de las drogas. «Para alejarlos de esa porquería traigo a trabajar a tres de mis siete hijos», dice este hombre de 46 años que se la rebusca sacando arena de la costa del río, que después vende a las obras en construcción. Esa rutina la cumple desde hace 9 años, con un carro tirado por dos caballos. Debe recorrer unos 300 metros desde el terraplén de la defensa sur hasta el río. Pero cuando el clima está lluvioso como este viernes debe hacer dos viajes porque los caballos no aguantan. «Si logro vender toda la arena saco unos 600 pesos, pero eso no ocurre siempre, porque el sector de la construcción está parado», explica Báez.

La Nación – Germán De Los Santos

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